Eddy Van Damme

Viaje “guzzista” a Guadalupe.

Hace varias décadas el historiador y biógrafo Alex de Jong definió a la sociedad europea según ciertas líneas de consumo de alcohol. A los latinos – del centro de Francia y los Alpes hacia abajo, bebedores de vino, los calificó como espontáneos, artísticos, creativos, pero hasta cierto punto, desorganizados. A los ingleses, belgas, alemanes, grandes consumidores de cerveza – bebida que al principio refresca, pero que llega a hinchar después de un consumo exagerado, emborrachando incómodamente, dada la inflación del estómago e intestino con grandes cantidades de líquido y gases –  los describió como más letárgicos. Luego, a los celtas, escandinavos, y eslavos – grandes consumidores de aguardiente, bebida que provoca una borrachera profunda, anestésica y, de consecuencias imprevisibles – como más temibles y, propensos a la melancolía.

No estoy del todo de acuerdo con estas generalizaciones. Los estereotipos no me gustan, pero podríamos pintar una imagen de Europa en términos de clima e idoneidad para rodar en moto. El motero catalán o del norte de Italia goza de buen tiempo casi todo el año, buenas carreteras y un paisaje de una variedad enorme. También disfruta de una economía que permite cierta estabilidad laboral y por ende, la posibilidad de comprar motos potentes y darles un buen uso casi todo el año. Motorista satisfecho. Al igual, el motorista madrileño tiene estabilidad económica y un panorama paisajístico y “carreterístico” envidiable, pero sufre el invierno gélido del centro de la península durante cuatro a cinco meses del año. Motorista 70% satisfecho. El motero del norte de Europa. Durante seis meses del año ni vale la pena salir. Durante el corto verano, acepta que si sale, se va a mojar, por lo que siempre lleva si no una mochila con ropa de agua, las maletas y top-case para toda la parafernalia impermeable que precisa. Por eso hay tanta tradición de customizar las motos en Alemania, Inglaterra, el norte de Francia. Las motos allí pasan la mayor parte del año en el garaje y, si no se va a rodar con ellas, hay que disfrutarlas de alguna forma – ¿y qué mejor forma que limpiarlas, pulirlas y ponerlas a nuestro gusto?

 

Eddy y su V85

Como los pobres moteros  del norte de Europa, tres intrépidos del EMGC pasamos los últimos días pegados a nuestros móviles, atentos al pronóstico del tiempo para el puente de mayo. Se había propuesto una quedada en Guadalupe; Emilio y María Ángeles llegarían desde la profunda provincia de Badajoz; Eddy (servidor) y José “El Naveiras”, desde Madrid. Parecía que entre miércoles y viernes, o sea, el mismo día del trabajador, 1 mayo, había un hueco entre chubascos y tormentas por la mañana. El miércoles por la tarde preparé ropa de agua, engrasé las botas de “adventure” e, incluso, preparé un termo grande de té negro con azúcar, por si hiciera falta. Además de motero, soy senderista empedernido y sé que no hay mayor placer, al llegar a la cima de una montaña, rodeado de nubes, ya habiendo perdido la sensación en los dedos y los pies, que de sentarse a sacar el termo y beber algo caliente. Levanta el ánimo casi tanto como la petaca de whisky – ¡pero esto es incompatible con la conducción!

 

El Naveiras saludando

Sinceramente, la noche del miércoles, el pronóstico era malo. No sabía si salir o no. El jueves amaneció con el suelo mojado y un cielo gris como los flancos de una foca elefante. Pero me había comprometido. A veces hay que arriesgarse en la vida. Por lo menos no estaba lloviendo. Tras quedar en una gasolinera de Alcorcón con El Naveiras, cogimos la M-50 y el A-42 para hacer km lo más rápido posible. Desde luego, los polígonos del sur de Madrid que bordean la carretera solo pueden tener encanto para aquellos que  disfrutan de la decadencia industrial o de los botellones. Cogimos la carretera autonómica CM-401, bien asfaltada, y con alguna curva para romper la monotonía. No encendí la cámara de vídeo hasta bien pasado Toledo. Empezó a llover. El Naveiras y yo aguantamos hasta Los Navalmorales donde tuve que parar para echar un vistazo al mapa. Soy de la vieja escuela. Admito a regañadientes que los artilugios modernos tienen su utilidad, por eso tengo la aplicación de Calimoto para planificar las rutas. Pero me gusta ver las cosas en papel – tengo los mapas Michelin escaneados y los suelo imprimir en color y luego plastificar. Mejor así que fastidiar con una pantalla de 16cm x 7cm donde realmente solo ves el próximo giro. Seguimos en parte una ruta recomendada del libro de Pedro Pardo.  En Los Navalmorales dejó de llover. La ruta recomendada pasa hacia el sur, hasta los embalses de Cíjara y Garcia de Sola, pero aquí nosotros nos desviamos hacia el oeste y Buenasbodas por la carreterilla CM 4171. Menos mal, aquí además de ponerse interesante la carretera, el entorno paisajístico empieza a ser realmente atractivo. Rodamos entre pequeños cultivos, colinas, valles y campos, verde reluciente después de tantas semanas de lluvia. Después de Espinoso del Rey el firme se degrada notablemente. Suerte que El Naveiras y yo llevamos motos “tutto terreno” porque hacer este trozo de 15 km más o menos con una moto de carretera pura y dura sería muy incómodo. Además de constantes parches que sobresalen del asfalto y baches, hay mucha gravilla suelta. Sinceramente, a mí no me molesta esto – hay carreteras como el Puerto de la Quesera por la Sierra de Ayllón donde creo que es mejor que el firme esté en este estado porque controla mucho a los desaprensivos. El mal estado de la calzada obliga a rodar a una velocidad que te deja apreciar el entorno. Por otro lado, jóvenes agresivos con coches potentes suelen evitar estas carreteras. Así todos ganamos.

 

V85TT "Batman", V100 "Yeti" y la V85TT Travel "a secas"

Pasamos ya por la zona conocida como “La Jara” y con mucha razón. El campo alrededor resplandecía de flores silvestres – lavanda y lirios africanos, jaramagos, amapolas y, sobre todo, los “huevos fritos” – la jara en flor, grandes trompetas blancas con el corazón amarillo. El aroma era embriagador, entre las flores y el punto ácido de los pinos. Subimos el Puerto de San Vicente, homónimo del pequeño y menos conocido puerto justo entre Talavera y la Sierra de Gredos. Este divide Castilla la Mancha de Extremadura. Nada más coronar el puerto se abre un panorama impactante de las Sierras de Guadalupe, Belén, de Sancho y, Las Villuercas. Aquí paramos en un descampado al lado de la calzada para sacar las obligadas “selfies”. Casi tuve un accidente incómodo, al intentar volver al asfalto había un desnivel incómodo – casi pisé una “mina antipersonal” que algún viajante había dejado justo en mi camino.

Faltaban veinte minutos para llegar a Guadalupe y ya brillaba el sol. Habíamos acertado con el tiempo. Allí delante del monasterio nos esperaban Emilio y María Ángeles que habían llegado pocos minutos antes. José y yo no habíamos probado bocado desde muy pronto por la mañana, hacía falta cerveza (en mi caso sin alcohol) y tapas. El tapeo se convirtió en comida – cayeron migas, oreja, morcilla extremeña con un puntito de picante, y caldereta. Sacamos el mapa para mirar como continuar. Decidimos entre todos que lo mejor sería ir hacia el sur, hacia los pantanos de García de Sola y la Cíjara, zona que yo solo había visto en mapas. Allí Emilio y su mujer tirarían por la N-430 hacia Mérida y nosotros por Herrera del Duque y Castilblanco, volviendo en parte por la ruta recomendada por Pedro Pardo, pero después tirando por Belvis de la Jara, Alcaudete, y Talavera.

 

Parada técnica

A pesar de haber custodiado celosamente las reservas de las pilas de mi cámara de vídeo, desgraciadamente me fallaron justo entre Valdecaballeros donde la carretera empieza a bordear el majestuoso pantano y el muro de contención. Suele pasar. El paisaje aquí era de lo más impactante que he visto en España. Acantilados y Buitreras por la derecha y, un mar turquesa de agua a la izquierda. Era una sinfonía para todos los sentidos – olores, vistas, las sensaciones exquisitas que te brinda la Moto Guzzi, y el ruido sutil pero potente del motor. En un aparcamiento al lado de la presa paramos para despedirnos. Emilio y María Ángeles se fueron con “La Yeti” – la V-100 blanca – preciosa, El Naveiras con su V85TT Travel y yo con la V85TT “Batman” negra hacia el norte.

Describir el viaje de vuelta y repetir otra vez los mismos calificativos se podría poner redundante y el artículo se haría difícil de digerir. Pero esto es exactamente lo que nos pasó.  Empezó a atardecer, la luz del sol empezaba a sosegarse, el campo se llenaba de una luminosidad más dorada. En un momento, se erigió delante de nosotros la Sierra de Sevilleja, un muro de roca que nos separaba de Talavera. La carretera pasó a la izquierda del monte y se nos abrió otra perspectiva sobre la llanura donde descansan los pueblos de Villar del Pedroso y Puente del Arzobispo, hasta ahora oculta tras la sierra. Me pregunté, y luego, se lo pregunté a José si uno podría llegar a estar harto de tanta estimulación sensorial. Shakespeare dijo en Romeo y Julieta “The sweetest honey is loathsome in its own deliciousness. And in the taste destroys the appetite.” – «La miel más dulce es repugnante en su propia exquisitez. Y su sabor destruye el apetito.» Sinceramente, empezaba a llegar hasta esta conclusión. Tanto regalo para los ojos, el oído, el olfato, ya se hacía difícil de asumir. Al final, se agradecieron los 45 minutos de autovía entre Talavera y Alcorcón, ¡ya que no creo que hubiera aguantado muchas más curvas!

El Naveiras, Eddy, Mari Ángeles y Emilio

Al llegar a casa, habíamos recorrido más de 550 km – José más, que había venido desde Villalba – un verdadero héroe de la carretera. Al mediodía la pobre María Ángeles habló con mi mujer por teléfono – la cual se excusaba diciendo que para ella, 300 km era un límite cómodo. Lo entiendo. La moto es para disfrutarla, no para sufrirla. Pero también decimos en el Ejército de Tierra: “¡lo que no te mata, te hace más fuerte!” El sábado, más – un viaje off-road con la KTM, a saber dónde…

 

Mari Ángeles, Emilio y el Naveiras saludando one more time
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