Salida invernal con el EMGC a Cantimpalos, a comer torreznos

Por Eddy Van Damme
 

¿Por qué salimos en moto? Sea quién sea quien pregunta, cada uno de nosotros tendrá su respuesta subjetiva. La moto es una opción racional; no se mantiene recta de por si – lógicamente, sin rodar, se cae. Implica la sinergia entre el ser humano y la máquina – no como el coche con sus cuatro ruedas, permanentemente estable, habitáculo cómodo, acogedor, incluso hogareño, dependiendo de los años que permanece en la familia. Perfumado, en el caso de mi abuelo, con el aroma de su pipa, decorado con las emblemas e insignias de su vida profesional como submarinista de la Armada Real. La moto no huele más que a gasolina, a caucho, y a aceite motor – es la expresión pura de las horas invertidas en la carretera, experiencia directa del viaje y unión con el entorno que experimenta el motorista.
Y a veces, ese nexo con el mundo que nos envuelve puede ser más o menos agradable – como el 22 de febrero de este año, un día cualquiera de finales de invierno. Las motos “naked” son las que más sensaciones brindan a los que se atreven a sacarlas todo el año. Ese día había quedado con el EMGC en una gasolinera cerca del Goloso para dar una vuelta al norte de Madrid y parte de la provincia de Segovia. No había opción de coger mi cómoda y bien protegida KTM 890 Adventure con sus puños calefactados y protectores de manos. Tocó la V7 Centenario, cuya única protección contra los elementos se reducía a una pequeña pantalla que hacía la función de quitar algo del viento gélido de mi pecho.

Mi V7 Centenario

Amaneció con cielo gris como los flancos de un acorazado y, según el oráculo omnipresente de nuestros días, Google, un 22% de posibilidad de lluvia con 4 grados, subiendo a 12 al mediodía. La profecía no defraudó, nada más coger la M40, empezó una ligera llovizna engañosa, de esas que te impregnan hasta las axilas, pero ya por la autovía, no había donde pararme a ponerme los pantalones de agua. “Da igual”, pensé, no durará. Duró. Además, soy testarudo como un mulo de Yorkshire – y me resisto a navegar con el móvil que considero una distracción. Por eso, salí un km antes de tiempo de la autovía y no fui capaz de alcanzar el punto de encuentro en la gasolinera sin dar la vuelta y reincorporarme por la altura de la base militar del Goloso. Iba a llegar con retraso y eso me saca de quicio. Afortunadamente, cuando llegué a la gasolinera, resultó que la inmensa mayoría de los asistentes no habían llegado – Spain is different.
Ya con la moto parada y espacio para moverme, pude ponerme los soñados pantalones de lluvia. Salió el sol.
Como no había salido con el EMGC antes, no sabía qué esperar. La idea de un club que solo admite propietarios de una marca de moto, en principio, me parecía hasta exclusivista. Pero al conocer a algunos de los asistentes, sobre todo a Jaime, marido de Esther que ya conocía de un evento fotográfico en Madrid el año pasado, se me despejaron las dudas. Hugo, hombre excelente, también propietario de una V7 pero muy puesta a su gusto – con un acabado que parecía mucho a una edición especial de los años 70, verde kaki metalizado con una cúpula totalmente clásica; Jonathan, el arquetipo del “gentleman” inglés – educado, cortés, considerado – propietario de una V85TT “Ronald McDonald” – los colores “evocativos” de Claudio Torri, de las que más me gustan a mí; por supuesto, el “Naveiras” – el Valle Inclán de nuestros días, pero ya nos conocemos desde hace varios años. Él, como muchos en esta salida, es propietario de una V85TT Travel – la tiene preciosa. Sé que la compró limitada, pero al pasar del carné A2 al A, la deslimitó ya hace tiempo. José, si estás leyendo esto, que sepas que ya ibas muy fino con la moto limitada, ¡ya no se podrá contigo con la moto gozando de su plena potencia!
Llegados los líderes del grupo, emprendemos la marcha hacia Soto del Real y Miraflores, el viento ya cogiendo los pantalones de agua y estorbando el equilibrio; pero francamente, con el frío que hacía, me daba bastante igual. Cualquier capa de protección era bienvenida. Desgraciadamente, aunque iba bien forrado de arriba, me faltaba protección en las manos – lo que me pasó factura más tarde. Pasamos por el pueblo de Canencia y al lado del embalse de Pinilla, que brillaba en el sol que ya había salido, pero no lo suficiente para quitar la humedad de la calzada. Afortunadamente el paso era muy razonable. A veces me perturba salir en grupo ya que nunca se sabe a qué ritmo quieren ir los demás. Soy bastante respetuoso con los límites de velocidad – por eso no he tenido un accidente desde el año 1992 y todavía tengo todos mis puntos. Mi anhelo es llegar a la jubilación con el carné y el cuerpo intacto, para poder pasar muchos años explorando este mundo maravilloso que tenemos entre nuestras manos y, si puede ser, a lomos de una Moto Guzzi. El caso es que el grupo iba a un ritmo muy respetable – ni tan lento como para morirse de aburrimiento, ni tan rápido que arriesgamos un mal trago con el asfalto frío y húmedo que no inspiraba ninguna confianza.

Jaime inmortalizando el momento
John, Robert y El Naveiras

En el Puerto de Navafría empezó a nevar. Menos mal que tenía unos buenos guantes de invierno de la marca Garibaldi, pero echaba de menos los puños calefactados y los protectores de manos de la KTM. Al llegar arriba al aparcamiento, el club había organizado un tentempié – varios socios habían subido en coche con una mesita desplegable, había jamón, queso, vino y, muchas risas. Todo el mundo sufría del mismo frío, pero el buen ambiente se imperó y nos enfrentamos con buen humor a lo paradójico de la situación. Ese espíritu de compromiso que compartimos los moteros se manifestó cuando otro, ajeno a nuestro grupo, con una BMW trailera se cayó en el paso canadiense que se encontraba justo en la linde provincial a la salida del aparcamiento. Varios del grupo fuimos corriendo para socorrer al piloto que se encontraba en el suelo con la moto encima de su pierna. Afortunadamente, no se había hecho daño, ni él, ni a su moto, y tras superar el sobrecogimiento de la situación, pudo volver a emprender la marcha con los suyos.

Tentempié revitalizador
Stelvio "Old School"

Una cosa que me parece muy interesante de un club monomarca es que nosotros que tenemos entusiasmo para las Guzzi podemos ver muchas motos de la misma marca que tal vez no conocemos tanto. Arriba vi dos Stelvio de las anteriores, 1200 de 4 válvulas. Me sorprendieron las dimensiones, algo muy típico de principios de los años 2000 y que se ha perdido hoy en día. Me recordaba la R1150R que compré el año de mi boda, en 2004 – grande, pesada, pero muy cómoda y estable- con una gran presencia en la carretera.
También pude echar un vistazo a la V100 roja del marido de Isabel, profesora como yo – perdona, Isabel, que se me haya olvidado el nombre de tu marido. La V100 parece muy bien lograda. También en el concesionario cuando fui a verla, me pareció pequeña, pero viéndola en marcha, con los dos encima y, con respeto, tu marido no es corto de estatura, me parece una moto de unas dimensiones perfectamente adecuadas. Eso, sí, la única limitación de esa moto es que es (como la V7) 100% carretera. Cuando bajamos hacia Sepúlveda, había algún tramo con el asfalto accidentado y, confieso que con la V7 iba incómodo. Con la KTM, o con una V85 o la Stelvio no hubiera sufrido nada. Pero eso, ya se sabe. O uno compra una moto 100% carretera y acepta sus limitaciones, o elige una dual-sport, enduro, o maxi-trail para disfrutar de superficies menos perfectas, pero también esas motos tienen sus limitaciones, sea en protección contra el viento, neumáticos con menos agarre en asfalto, comodidad, o ruedas delanteras de 21” que inspiran menos confianza en carretera. Hace muchos años en un viaje a Túnez, me explicaron que, según la tradición islámica, solo Alá puede crear algo completamente perfecto. Por eso, tenemos que aceptar que cualquier moto va a ser un compromiso entre todas sus facetas – no puede rendir de forma excelente en todo – y si lo hiciera, probablemente sería una moto muy aburrida. Se me ocurre la palabra “Honda”…

Isabel con la preciosa V100

Cuando bajamos del monte, sí subió ligeramente la temperatura. Pasamos al lado de Pedraza y Sepúlveda – excelentes carreteras, pueblos preciosos que me hubiera encantado ver de más cerca – queda un tema pendiente para otro día. Pasamos por Turégano, sí pudimos apreciar el paisaje urbano de este pueblo muy pintoresco y, paramos finalmente a comer torreznos – el objetivo de la salida – en Cantimpalos, cerca de Segovia. Éramos unos 20 en la comida, si no calculo mal. Tuve la suerte de sentarme delante de Isabel y al lado de Jonathan, la conversación era muy animada e interesante. Desde luego, la marca Moto Guzzi no atrae a gente cualquiera. Si los moteros ya de por sí somos gente que disfrutamos de nuestras diferencias y contradicciones, los “Guzzisti” tenemos que ser entre los más individualistas de todo este colectivo. No voy a criticar a otros conjuntos de motoristas, no soy quién para criticar – observar, sí, pero mis conclusiones me las reservo. Sin embargo, diría que los que apostamos por la única marca de motos fabricadas íntegramente en Europa tenemos inquietudes distintas a los entusiastas de otras marcas.

Foto de grupo tras la comida

Al terminar la comida, también se terminó la salida – el grupo se partió entre los que volvía a distintos puntos de Madrid. Pero yo me quedé con dos conclusiones. Primero de todo, la V7, a pesar de ser una moto excelente, tiene limitaciones serias tanto en su tamaño físico – es pequeña y, salir con pasajero que pese más que una chica de 12 años se hace duro – como en su nivel de equipamiento. El año pasado salí con ella varios días por la zona de Santo Domingo de Silos y, se portó de una forma muy digna. Ir de Alcorcón a Madrid, aparcar en cualquier sitio, lucir la moto en los semáforos y por las zonas emblemáticas de nuestra ciudad capital – la V7 es la herramienta perfecta. Pero una salida más complicada por invierno y por carreteras imperfectas, aunque se pueda hacer con la V7, también se puede hacer de una forma más cómoda con, por ejemplo, una V85TT.
La otra conclusión a la que llegué era que tenía que unirme cuanto antes al EMGC, tanto por el apoyo técnico como por el compañerismo y la pasión que nos une por la única marca genuinamente europea.
Gracias a José Naveiras y a Alberto por haberme animado a apuntarme a esta salida. Desde luego, conservaré los recuerdos durante muchos años.